El Camino como metáfora del Proceso

Me inspiró y me hizo profundo sentido la noción de camino, como metáfora del proceso, cuando revivimos las palabras de viejos maestros: “El Camino es la meta y la Meta es el camino”.  Nada más contrario a la noción actual,  dominante, de enfocarse  enajenadamente en la meta.  Enajenante porque al focalizarme en su logro me alejo de la posibilidad de estar conectado con la experiencia presente e incorporar los posibles errores como parte del proceso. Alienante además porque si no logro la meta tengo una razón poderosa para frustrarme.

Esta noción de camino, más propia de las culturas de oriente, en el mundo del trabajo ha dado origen a sistemas de gestión que, dado nuestro particular estilo, se han transformado en “moda”. Es lo que sucedió en los 80 con los círculos de calidad y luego con el Kaisen y la mejora continua. No me gustan las modas porque suelen centrarse en la superficialidad y sus seguidores se dedican a aplicar recetas sin considerar los aspectos culturales, los valores y visión que dan sentido a las prácticas y técnicas que forman parte de éstos sistemas.  Terminamos “usándolos”  con nuestro acostumbrado enfoque “cosista” heredado de un pasado  Teyloriano,  olvidando que la excelencia es resultado de una cultura, que entre otros aspectos,  incluye una ética, una visión, un modo de aproximarnos a los objetos y vivir.

Recuerdo al gerente de una compañía que al ver su gráfico de producción, sus altos y bajos dibujaban el perfil de un serrucho.  “Olvida el número de toneladas a lograr” le dije, “no estás sabiendo producir, necesitas comprender tu proceso”.  La presión que ejercía el corporativo era tal que todos los gerentes andaban detrás del número como los equipos improvisados de futbol corren tras el valón.

Si en una organización son nefastas las consecuencias de andar detrás de la meta, sin capacidad de comprender y gestionar el proceso, las variables y coordinaciones que hacen posibles  un resultado…, las consecuencias de esta actitud alienante en el ámbito de la vida cotidiana son más nefastas, conduciendo a las personas a una actitud inauténtica que puede llegar a la depresión más profunda.

La noción de proceso, de camino, nos puede permitir en cambio:

a)      Conectarnos con el presente e integrar nuestra experiencia, conectándonos  con lo que estamos viviendo y sintiendo.  Esta capacidad de centrarnos en nuestra experiencia nos permite la maravillosa posibilidad de “darnos cuenta”, de aprender del modo como vivimos, como reaccionamos, como sentimos y actuamos. Muchas veces le digo a mis clientes que transformar la vida en una experiencia de aprendizaje es una de las cosas más relevante que he aprendido. Para ello tenemos que darnos permiso para apreciar y observar nuestro vivir tal cual es, sin anteponer juicios de valor, sin anteponer los “debería”. Antes de ello, captar los detalles de nuestro vivir.

b)      Luego de darnos cuenta, podemos proponernos el siguiente paso,  invertir nuestro entusiasmo y compromiso en  la acción de mejora que “tenemos a la mano”.  Ya no pienso en lo que podría hacer si tuviera esto o aquello, si me ganara la lotería o tuviera el golpe de gracia divino… No me centro en mis carencias para justificar la in-acción; me centro en mis capacidades y posibilidades disponibles para dar el siguiente paso.

c)       Hacernos cargo de nuestra condición de animales humanos que dependemos de un cuerpo que es histórico, que tiene sus hábitos automáticos,  procesos con su propia temporalidad y sus ritmos.  Esto hace por ejemplo, que no podamos ver cambios perceptibles en nuestro  cuerpo sino hasta pasados 90 días de hacer una actividad física recurrente. Más prolongado aún es el tiempo requerido para producir un cambio en un condicionamiento emocional.  Algunos biólogos dedicados a la plasticidad neuronal señalan que el cerebro necesita 9 meses de ejercitación permanente para transformar una red neuronal. Por supuesto que en la medida que mejoren las técnicas estos tiempos podrán reducirse.  Pero los cambios milagrosos que prometen los charlatanes de la felicidad instantánea, como señalaba ya en la década de los 70 Fritz Perls, son engaños que surgen de una postura que desconoce nuestra propia naturaleza, al estilo de los vitalistas del medio evo. La felicidad es un proceso, un camino lleno de dificultades que sólo tienen sentido en la medida que los integremos en el caminar.

d)      En la medida que conozcamos la naturaleza de nuestros procesos,  sus tiempo y ritmos, paradojalmente podremos conectarnos con nuestras extraordinarias posibilidades de cambio y transformación, que poco a poco, paso a paso, sí podemos cambiar.

e)      Finalmente, el centrarnos en el proceso, en el camino, nos permite  celebrar y alegrarnos de cada nuevo “darse cuenta”, de cada error que nos permite aprender, de cada paso, de modo de cultivar un estado de ánimo positivo de plenitud.

Existe un poema de Antonio Machado, de su obra Castilla (1912), que me ha inspirado y me ha conectado vívidamente con esta noción de camino como metáfora del proceso:

XXIX

Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante, no hay camino,

sino estelas en la mar.


Serrat, al musicalizar a Machado agregó estos versos:

Cuando el jilguero no puede cantar,

cuando el poeta es un peregrino,

cuando de nada nos sirve rezar,

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar,

golpe a golpe, verso a verso.


Hace algunos meses me encontré con un poema de Gonzalo Rojas, que apunta al mismo fenómeno:

Aprendiz inconcluso como soy, escribo cada día mis papeles inconclusos y nunca olvido lo que me dijera un niño del país cierta mañana que concurrí a  leer mis versos en una de esas escuelitas del archipiélago de Chiloé (…) Al terminar mi breve lectura me preguntó con desenfado: “Oiga , poeta, y cuando usted termina de hacer una de esas poesías, ¿no le funciona como que le quedó inconclusa? Me fascino la consulta que dio en el clavo mucho más que esas formulaciones académicas sobre mi ejercicio de silabear en el Mundo. De veras soy ese inconcluso que dijo el niño sin haber leído a Goethe, que por su parte dijo lo mismo: -“Que no puedas llegar nunca; eso es lo que te hace grande”.

 

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