Encarando los hechos tal cual son…

esferasLa capacidad básica para distinguir o diferenciar entre el mundo de los hechos y el mundo de las explicaciones, es fundamental para nosotros en diversos ámbitos de la vida: para nuestra salud mental, la efectividad en las coordinaciones,  el cultivo de la confianza y el mutuo entendimiento, entre otros.  Los hechos guardan relación con la “facticidad” de la vida, con aquello que podemos observar y describir, que está sucediendo o sucedió en el pasado.  Las explicaciones en cambio, son interpretaciones a cerca de por qué sucedió aquello.  Podemos fundamentar dichas explicaciones en hechos, pero nunca sustituirán o transformaran los hechos que queremos  explicar.   Por ejemplo, el avión de Air France calló al mar el 1 de junio,  frente a las costas de Brasil. El  por qué cayó,   pertenece al ámbito de las explicaciones.  Es obvio que la explicación, por convincente que sea, no alterará el hecho y sus consecuencias. Pues esto “ya pasó”.  Sin embargo, en nuestra vida cotidiana, constantemente confundimos estos dos planos, como si una buena explicación fuera suficiente para transformar los hechos.

“Fue una piedra la que golpeo la manguera de alta presión del equipo”, lo dice una de los ejecutivos responsables, con total certidumbre.  ”Me preocupa mucho”, le dije, “dado que fue un accidente con un alto potencial”.  El reventón rompió el parabrisas de la cabina del operador y podría haberlo herido. Fueron necesarias otras dos roturas de la misma manguera, para que se hiciera una inspección acuciosa y se descubriera que había una pieza del sistema que estaba mal montada.

“No pude hacer el reporte, porque si bien puedo leer mis mensajes en el blackberry, no puedo leer los documentos adjuntos…”, me dice uno de los participantes.  Interpreto que luego de decir aquello se queda más tranquilo, como si lo dicho cambiara la realidad.  “Rollo”, replico.    Claro,  entre más sofisticados, más sofisticadas las explicaciones que nos damos.

La gran mayoría de las explicaciones que nos damos son sólo eso: Rollo.  En el sentido que nos paralizan, nos tranquilizan y no nos ayudan a tomar acción.  Pero lo más grave, esconden el fenómeno, la realidad en todo su esplendor.

Volvamos a Air France y su Airbus 330-200.  Actualmente existe un equipo de especialistas investigando el accidente a fin de buscar una explicación a cerca de lo sucedido.  ¿Qué podría justificar este gran reto al ingenio y la inversión involucrada?  “Saber lo que pasó, para evitar que vuelva a suceder”, señala con convicción uno de los participantes. “Bien, ese es el criterio de validación que los invito a considerar”, les digo.  Declarar  como válidas aquellas explicaciones que nos permitan mejorar el futuro, generando nuevas posibilidades de acción.  Siempre cometeremos errores.  La posibilidad está en nuestra capacidad para aprender de ellos, mejorando las prácticas, los procesos, a fin de evitar su ocurrencia y generar progresivos procesos de mejora.

Una explicación que podría justificar esta tendencia automática a esconder la realidad con argumentos explicativos, es que no queremos experimentar la culpa que hemos aprendido a vivir cuando nos equivocamos.  Vivimos la culpa como una emoción negativa que nos invade y con ello perdemos la capacidad de ver y vivir la realidad de los hechos.  La culpa en estos casos opera como un manto que esconde el hecho, y nos deja lejos la posibilidad de tomar acción, de hacernos cargo del hecho que tenemos ahí adelante y sus consecuencias.  Desde ahí, podemos reconocer la culpa y “dejarla pasar”, sin enlodarnos en ella.

Distintos autores recomiendan el cultivo de la capacidad para ver “la realidad de los hechos tal cual son”.  No estoy haciendo referencia a una realidad objetiva, trascendente, única. Estoy haciendo referencia a los hechos y el modo en que los vivimos en nuestra experiencia directa con ellos, sin que medien explicaciones.  Por ejemplo, Jim Collins, en su Libro Empresas que Sobresalen, luego de estudiar a compañías americanas que tuvieron un rendimientos acumulados por lo menos tres veces la tasa del mercado durante 15 años, descubrieron que una de las características que las diferencian del resto de empresas similares con rendimientos promedio, es su capacidad para “Afrontar los hechos desnudos”. A juicio de Collins, “todas las compañías sobresalientes inician el proceso de encontrar el camino hacia la grandeza afrontando los hechos desnudos de la realidad. Las compañías sobresalientes sufren tanta adversidad como las de comparación, pero responden de una manera distinta.  Hacen frente resueltamente a la realidad de la situación, y en consecuencia, salen de la adversidad más fuertes que antes”.

Por su parte, el psicólogo americano Karl E. Weick en su artículo sobre organizacional altamente confiables destaca un ejemplo que da cuenta de aquello que las organizaciones pueden hacer para alentar a sus miembros a reconocer los errores como extraordinaria posibilidad de mejora. Se trata de una anécdota sobre el gran científico alemán Wernher von Braun.  Cuando un misil Redstone perdió el control durante una prueba, Von Braun envió una botella de champán a un ingeniero que confesó que pudo haber causado, sin querer, un cortocircuito en el misil: una investigación había revelado que el ingeniero estaba en lo cierto, con lo que se evitaron costosos rediseños del cohete.

Tenemos la convicción de que cultivar está básica capacidad para observar los hechos tal cual son, distinguiéndolos de las explicaciones, puede generar una diferencia significativa en distintos ámbito de nuestras vidas. Además, podemos hacer el ejercicio cotidiano de preguntarnos ¿Qué valor me agrega o nos agrega esta explicación? ¿Qué posibilidad me abre o nos abren? Si la respuesta es negativa, podemos desechar o simplemente dejar pasar “el rollo”. Si en cambio, la explicación me abre posibilidades, puedo generar un compromiso que me permita producir acciones de mejora. Esta es la práctica del kaisen  o mejora continua: detectar el error y generar una nueva posibilidad, un nuevo aprendizaje, que da sentido al día y mantiene el espíritu con vida.


 

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