La actitud de apertura a la experiencia (fenomenológica)

p48l“Necesito saber por qué me pasa lo que me pasa”, declara con un estado de angustia uno de mis clientes.  La pregunta por el POR QUÉ suele ser una trampa mental (cartesiana) hija de la causalidad.  Más cuando la mayoría de las veces buscamos una explicación mono causal, es decir, buscamos “LA” causa única y definitiva, con la idea de que encontrándola vamos a poder resolver el problema. Sin embargo, luego de creer que hemos encontrado LA razón de nuestra insatisfacción o problema; este sigue atormentándonos y nada hemos logrado.  Entre otros, porque la realidad suele ser “multicausal” y se da el en contexto de un proceso dinámico, nunca estático, y la búsqueda de la “verdadera razón” no necesariamente está acompañada de nuevas posibilidades de acción que me permitan avanzar en el camino de la mejora.

Es que esta ansiosa búsqueda del por qué, es justamente la actitud que nos saca o nos distancia de la experiencia, nos vamos al ámbito de las ideas y de las explicaciones y eso reduce nuestra capacidad innata para DARNOS CUENTA de lo que nos está pasando, de aquello que está haciéndose relevante en nuestra experiencia y que requiere ser encarado. Por tanto, para encarar una inquietud, preocupación o malestar, lo primero que requiero es una actitud de apertura que me permita vivir en plenitud lo que me está pasando, conectándome con las circunstancias, con las emociones que me ocurren, captando los detalles, las texturas y aquello que me va provocando.  “Es que me duele”, me reclama el cliente. Claro, tenemos la urgencia de sacarnos el dolor que estamos experimentando.  Esta urgencia genera un conflicto con la experiencia. Esto suele ser normal cuando se trata de dolores físicos. Cuando mi dedo siente calor, de manera automática se retira y esto es lo adecuado. Sin embargo, ante el dolor sicológico o mental, la evitación no es lo que me permite actuar sabiamente de modo de superar dicho malestar o dolor. Por ejemplo, comienzo a sentir ansiedad y quiero sacarla o borrarla de mi experiencia, antes de darme cuenta de lo que me está pasando.  Por ello requerimos amigarnos con lo que estamos viviendo, para poder convivir con ello y vivir  la experiencia, para desde ahí darnos cuenta de aquello que es relevante, actuando desde ahí y no desde la necesidad imperiosa de evitar lo que me está pasando.

Para comprender de manera experiencial lo que estoy diciendo, te invito a que tomes conciencia por un momento de tu respirar. Te pido que observes cómo entra el aire por tu nariz o boca, como se inflan tus pulmones, se expande tu pecho, tu caja toráxica… Siente la temperatura del aire, la fluidez con que sale el aire hacia fura, con o sin esfuerzo…   ¿De qué te das cuenta? ¿Qué percibes?  No especules; hazlo y luego hablamos.  Esta claro: las ideas no remplazan la experiencia.

Esta actitud fenomenológica, de apertura a la experiencia requiere:

  1. Dejar entre paréntesis la pregunta por el por qué.
  2. Focalizarse en la pregunta del qué me está o me va pasando en esta experiencia en tiempo presente, en el aquí y ahora, captando los detalles, aquello que se va haciendo relevante.
  3. Dejar entre paréntesis los juicios y “deber ser”.Me refiero a esos supuestos que surgen como mandatos en nuestra conversación privada o silenciosa: “Es que no debería sentir esto”. Siguiendo el ejemplo de la comida en nuestra boca, es como si nos dijéramos mientras mascamos “es que debería dejar de comer” y sigo comiendo impulsivamente sin sentir o saborear lo que tengo en mi boca.
  4. Apropiarme de la experiencia, es decir, asumir que lo que estoy viviendo lo vivo y lo siento yo.  No tiene porque ser lo mismo que vive o siente el resto; ni tengo que pedir permiso al resto para sentir algo diferente; nadie está en falta.  Por otra parte, lo que siento no es una consecuencia directa de lo que el otro hace o deja de hacer.
  5. Dejar entre paréntesis mis interpretaciones de intencionalidad. “Es que el otro quiere que yo…”

En el contexto de vivir en plenitud lo que me está pasando, surgirá mi innata capacidad de darme cuenta de lo relevante y surgirá la acción sabia que me permita hacerme cargo de mi experiencia; entre estas, podrá surgir por ejemplo, la posibilidad de pedir ayuda, de generar un diálogo, tomar distancia o ir al encuentro del otro.

La actitud fenomenológica, de apertura a la experiencia requiere:

  1. Dejar entre paréntesis la pregunta por el por qué.
  2. Focalizarse en la pregunta del qué me está o me va pasando en esta experiencia en tiempo presente, en el aquí y ahora, captando los detalles, aquello que se va haciendo relevante.
  3. Dejar entre paréntesis los juicios y “deber ser”.Me refiero a esos supuestos que surgen como mandatos en nuestra conversación privada o silencioasa: es que no debería sentir esto. Siguiendo el ejemplo de la comida en nuestra boca, es como si nos dijéramos mientras mascamos “es que debería dejar de comer” y sigo comiendo impulsivamente sin sentir o saborear lo que tengo en mi boca.
  4. Apropiarme de la experiencia, es decir, asumir que lo que estoy viviendo lo vivo y lo siento yo.  No tiene porque ser lo mismo que vive o siente el resto; ni tengo que pedir permiso al resto para sentir algo diferente; nadie está en falta.  Por otra parte, lo que siento no es una consecuencia directa de lo que el otro hace o deja de hacer.
  5. Dejar entre paréntesis mis interpretaciones de intencionalidad. “Es que el otro quiere que yo…”

En el contexto de vivir en plenitud lo que me está pasando, surgirá mi innata capacidad de darme cuenta de lo relevante y surgirá la acción sabia que me permita hacerme cargo de mi experiencia; entre estas, esta la posibilidad de pedir ayuda, generar un diálogo, tomar distancia o ir al encuentro del otro.

 
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